La vez que contraté un trabajador sexual

Hay hombres gay que además de luchar con nuestra comunidad prejuiciosa debe enfrentarse a llevar una discapacidad física.

Artículo traducido por Fabián Cardona en exclusiva para Revista Machio, tomado de Out.com. Foto tomada por Sabeel Ahammed

Nunca había pensado en el precio de la intimidad hasta que contraté un trabajador sexual. Aunque he estado aprendiendo a valorar mi vida en una silla de ruedas –como resultado de una enfermedad en el cerebro- vivir sin poder tocar o acceder a mi propio cuerpo se había vuelto algo complicado. No llegué a esa decisión fácilmente, me preocupaba el estigma, la vergüenza, y el miedo de pagar por algo y quizás no recibir lo que tenía en mente. Pasé semanas pensando en que contratarlo no era una buena idea. ¿Sería esta la única forma de lograr intimidad con alguien? ¿Alguien realmente estaría interesado en hacerlo conmigo o lo verían como una obra de caridad para un discapacitado? A pesar de todo eso decidí ponerle fin a mi año de celibato.

Después de buscar en muchos sitios de internet encontré a David, tenía una sonrisa cálida, era mayor que yo, quizás rodeando los 40 años, sus fotos mostraban un cuerpo poderoso, una gran carisma y un encanto innegable, con frecuencia yo me sentí invisible en la comunidad gay pero David tenía todo lo que yo buscaba.
Le envié un correo electrónico contándole que estaba interesado en sus servicios, que nunca lo había hecho antes, que estaba nervioso. Le expliqué lo mejor que pude mi discapacidad y el uso de la silla de ruedas, me respondió: Si estoy inseguro de algo, simplemente le preguntaré. Fue muy ameno leer esas palabras tan distintas a las que siempre recibía de otros hombres que se alejaban apenas les contaba mi situación.
Resolvimos la logística, la hora, el lugar y la tarifa. Saber que mi sexualidad iba a ser convertida en minutos le quitaba la espontaneidad y la fantasía con las que soñaba, pero quizás ese era el costo de conseguir lo que quería. David me recordó que yo estaba pagando por su tiempo y que pasara lo que tuviera que pasar. El día antes de vernos me llamó y me hizo una pregunta simple pero que nunca me habían hecho: ¿Qué es lo que quieres?
Con timidez le conté sobre mis gustos, las cosas que no me gustaban y lo que podía hacer dentro de mis habilidades actuales. Quería besos. Añoraba contacto con otro cuerpo. No podía ser pasivo por culpa de mi displacía y el problema muscular. Necesitaría ayuda para desvestirme y ponerme sobre la cama. Mis necesidades eran lo más importante.
Un sábado en la tarde recibí un mensaje, David estaba en el lobby, me miré en el espejo luego bajé en el ascensor. Apenas se abrió la puerta lo reconocí, me saludó con un gran abrazo como si fuéramos amigos de toda la vida. No dejaba de mirarlo, en parte porque no podía creer que eso estaba realmente pasando y en parte porque se veía muy bien en esos jeans apretados.
Un hombre muy sexy estaba en mi apartamento. Conversamos un poco. Llegó a mi cuarto y me preguntó sobre el aparato que usaba para subirme a la cama, seguimos hablando mientras él se acercaba un poco más, tomó mi silla, se acercó y me besó. Traté de tocarlo suavemente y él me paró. Me miró a los ojos y me dijo con total honestidad: Está bien.
David me levantó de la silla mientras me cargaba en sus brazos. Me agarró, me besó, me sostuvo como un bebe. Me doblegué en él para que pudiera sentir mis cicatrices, curvas, todo lo que formaba mi discapacidad. Me sentí sexy. Me quitó la camisa y juntos encontramos mi piel. Mientras movía mi cuerpo y me quitaba los zapatos y el jean, me preocupaba que iba a pensar al ver mis pies, pero David hizo que este acto fuera real y excitante para mí. Cuando ya estaba desnudo mi cuerpo empezó a tensionarse más mientras me acercaba al orgasmo. Al momento de venirme  sentí como mis dos identidades se unían en una sola: gay y discapacitado en un torrente de puro y descomplicado placer.
Después de esto David se acostó a mi lado, me abrazó fuerte y me besó en la frente. Me dijo que yo era apuesto mientras me abrazaba las piernas. Sentí que lo decía en serio. Luego me puso en mi silla de ruedas, me besó suavemente antes de decirme adiós. Ya estaba solo en el apartamento, la adrenalina se diluía en calma. No sentí vergüenza por esta experiencia porque marcó algo  más fuerte que un intercambio físico. Era el inicio de mi travesía para aceptar mi cuerpo. No me puedo conformar con una vida sin amor, y tenía que buscar la manera de encontrar lo que buscaba como un hombre sexualmente activo aunque estuviera postrado en una silla. Finalmente, a pesar de precio, había encontrado a alguien que me veía y a quien me le había mostrado tal como yo era.

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