Yo también soy Luis

Hemos ganado varias luchas en estrados judiciales pero tenemos mucho que hacer en la sociedad.

Hace algunas semanas reportamos que un joven homosexual había sido violentado por su preferencia sexual y había perdido un brazo, y hoy reportamos que un juez en Cartagena se negó a realizar un matrimonio entre dos mujeres argumentando que sus creencias religiosas se lo impedían.

Ambas noticias no deberían caber en una sociedad como la colombiana, en dónde hemos tenido grandes victorias legales que garantizan o al menos buscan garantizar nuestra igualdad como seres humanos frente a nuestros pares pero que, como se ha visto, no se han traducido en la reducción de la homofobia en el país.

En Colombia los homosexuales y lesbianas podemos ser cobijados por la seguridad social de nuestra pareja, podemos heredar como cónyuges cuando nuestra pareja muere, podemos casarnos ante notario o juez de la república, y recientemente se eliminó una interpretación errónea que hacía más difícil que pudiéramos adoptar, las personas transexuales o transgénero pueden expresar su identidad de género con libertad incluso desde que están en el colegio y pueden asistir con el uniforme del género de su preferencia.

Todas estas garantías que tenemos actualmente fueron obtenidas en los estrados judiciales por acciones presentadas por cientos de activistas LGBTI que están presentes por todo el país, y se enfrentaron a grandes maquinarias políticas y religiosas (Como Alejandro Ordóñez cuando era Procurador, o Viviane Morales cuando era Senadora). Nos hemos enfrentado al “lobby” de los políticos que representando intereses religiosos como Colombia Justa Y libres, o incluso la misma iglesia católica de Colombia.

Pero quiero aclarar, yo también soy Luis. También recibí matoneo cuando estaba en el colegio por no estar dentro del estándar de hombre varonil, también he tenido problemas con compañeros de trabajo por no ser heterosexual, he recibido insultos, burlas y comentarios de desconocidos en las calles por usar una camisa de flores.

Vale mencionar que hablo desde una posición de privilegio, soy un hombre homosexual, pero cisgénero, con una educación universitaria de posgrado y una familia de pensamiento liberal que nunca me discriminó cuando se volvió obvio que yo no les iba a entregar nietos.

Mi posición de privilegio hace que mi historia de discriminación sea muy distinta a las historias de otros miembros de la comunidad. Mis historias no son nada comparadas con las de Luis, un joven costeño al que le mutilaron su brazo izquierdo por el sólo hecho de ser homosexual ¿Se imaginan ser mutilados por ser homosexuales? Una historia barbárica que uno se imagina puede ocurrir en un país africano o uno de los extremistas islámicos, ¿pero en Colombia? ¿En la democracia más antigua de Latinoamérica? El agresor, otro joven, criado en una familia de homofóbicos que había hecho la vida de Luis un infierno diariamente con sus insultos y burlas, y el día que Luis se quiso defender su agresor violentó su integridad.

Me duele esa historia, porque, así como le pasó a Luis me puede pasar a mí. Porque Luis merece tener una vida normal y ser respetado. ¿De qué nos sirve tener tantas victorias ante la Corte Constitucional si la educación en Colombia no incluye temas sobre diversidad sexual e identidad de género? Esa falta de educación es la que ha hecho que ocurran casos como el de Luis, o como el del Juez de Cartagena, un hombre estudiado, un hombre de leyes, cegado por sus creencias religiosas y quién no tuvo (asumo yo) educación sobre los aspectos más importantes de la comunidad LGBTI y nuestras luchas.

La historia de Luis y la de las parejas de mujeres en Cartagena hacen parte de una gran historia de violaciones a los derechos de la comunidad LGBTI a lo largo de la historia de Colombia. No ignoremos toda la violencia que han recibido personas homosexuales, lesbianas, transexuales y transgénero a raíz del conflicto armado, tanto por miembros de las guerrillas como de los grupos paramilitares, o la violencia que ocurre en nuestras narices, esa micro violencia que ocurre en el transporte público, o la que sufren cientos de trabajadoras sexuales transexuales que tienen que aguantarse muchos actos de sus clientes para poder ganarse $20.000.

El país sigue necesitando nuestro activismo, hay una lucha que no podemos evitar y es la del día a día, demostrar que nuestra identidad de género y preferencia sexual no son temas para ocultar, que no podemos vivir en la oscuridad buscando salvaguardar nuestra integridad, sino que debemos actuar para que, a través de la educación, los niños crezcan siendo adultos tolerantes y entiendan que la diversidad es parte natural de la vida.

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