Vivir en Colombia es difícil, nuestra sociedad tiene muchos problemas, corrupción, ilegalidad, eso que llamamos malicia indígena, falta de solidaridad y la indiferencia.

Los colombianos nos volvemos indiferentes desde que somos niños, caminamos por los parques y no vemos al adulto mayor que está pidiendo una moneda para comprarse un pan, al niño que vende dulces porque su familia tiene necesidades, a la muchacha humilde que deambula esperando un cliente con quien conseguir lo del almuerzo para sus hijos. Los desvalidos son invisibles a nuestros ojos, y es algo esperable de una sociedad que tuvo que aprender a anestesiarse debido a la guerra interna que vivíamos, y he llegado a la conclusión de que la indiferencia es uno de nuestros mayores problemas, no nos preocupan los problemas que no nos afectan, y aunque es una condición humana generalizada, la espero de cierto tipo de personas.

Entiendo que un hombre rico, blanco y heterosexual no le preocupa la vida de un joven negro y gay, que ese hombre nunca haya sido discriminado por su condición sexual o color de piel le ha permitido integrarse a la sociedad machista, católica y prejuiciosa de una manera casi perfecta, es fácil no sentirse identificado con una minoría cuando no se entiende el concepto de discriminación, cuando no se ha sentido en la vida, pero ¿y los demás?

En uno de los artículos de la revista, Harlequin nos contaba como siendo un hombre homosexual no se sentía identificado con la comunidad LGBTI y es la razón por la que estoy escribiendo hoy.

Usar la palabra “orgullo” entre comillas me parece que es un trato despectivo para nuestro colectivo, es desconocer la lucha que se ha librado para que la sociedad homofóbica nos reconozca, nos acepte, que el estado nos permita ser ciudadanos sin ninguna clase de distinción. Se equivoca Harlequin cuando habla de “validación innecesaria” porque el movimiento del orgullo gay no busca que los heterosexuales validen nuestra preferencia sexual, no estamos pidiendo ninguna clase de permiso para expresarnos, en Colombia el movimiento busca visibilidad, aceptación y además una nivelación de los derechos que el Estado nos debe desde nuestra independencia.

Creo que uno de los problemas del concepto de orgullo lgbti que tiene el autor, es que lo entiende con la traducción literal, y nos pone, imagino yo, al nivel de esos que se sienten orgullos de haber nacido en cierto lugar, o de ser hincha de cierto equipo deportivo etcétera, y estaría de acuerdo con él si así, me parece ilógico sentirse orgulloso de una condición que no pudimos elegir cuando nacimos.

No sé en cuál marcha del orgullo gay, realizada en Colombia él vio una muestra de nudismo, ya que como está prohibido por ley los organizadores se encargan de no romperla para evitar consecuencias.

¿Se preocupaba Harlequin porque padres llevaron a sus hijos a la marcha mientras otros hombres semidesnudos gritaban “que perra mi amiga”? ¿Es que acaso que esos niños vean otras muestras de sexualidad y expresión no les da una mayor tolerancia, conocer desde pequeños que el mundo no es heteronormativo y que los humanos no somos copias aburridas es algo malo para ellos? ¿Y no sabe Harlequin que los mismos niños asisten a conciertos de reggaetón en donde las letras de las canciones son mucho más explicitas que nuestro “que perra mi amiga”? ¿O será que solo es perjudicial un himno repetitivo porque lo tomamos como nuestro pero no lo es una canción enfocada hacia el público heterosexual? Además, esa responsabilidad recae en los hombros de esos padres, ni de Harlequin, ni en los míos ni en los de nadie más.

La indiferencia dentro de nuestra comunidad es muy alta, los que sufrimos matoneo en nuestros años de escuela y colegio tenemos un poco mas de empatía, pero los que no, se sientan afuera a hablar descaradamente de un movimiento que no les interesa, no comparten, no apoyan y mucho menos entienden, olvidando que dentro de los LGBTI somos un gran arcoíris.

No podemos olvidar que en pleno siglo 21, existen países en donde las conductas que proclama Harlequin como normales y no perjudiciales le pueden causar la pena de muerte, que existen países en donde someten a nuestros compañeros a terapias medicas buscando “curarle” la enfermedad, terapias que llegan al borde de la tortura sicológica, y sin viajar muchos años atrás encontramos ejemplos de torturas legalizadas que buscaban volver heterosexual a una persona gay, creo que todos recordamos la segunda temporada de American Horror Story, Asylum en donde Lana Winters fue sometida a terapia de electroshock para curarle su lesbianismo, en una forma cruda pero apta para televisión por cable mostraron la respuesta de su cuerpo a ese exceso, y lloré, primero al ver la forma magistral de actuar esa escena por la excelente actriz Sarah Paulson, y segundo cuando caí en cuenta que no es una escena de ficción, que miles de personas sufrieron ineficaces terapias de conversión, en el 2017 existe la homosexualidad como un delito y existen hombres y mujeres escondidos que no pueden realizarse como personas porque viven con un yugo social, jurídico, religioso y mental que les dice que su condición es una enfermedad, una maldición, una desviación, y eso no está bien.

Desconocer escenarios en donde la comunidad LGBTI está luchando por participación política en temas más importantes para nosotros me parece una falta de respeto, tanto hacia la comunidad como hacia los lectores, la gobernación del Quindío está creando una política pública de inclusión de población LGBTI, y la alcaldía de Armenia tiene una mesa LGBTI que da la cara por nuestro colectivo (las criticas a ambos entes se harán en otra ocasión), con temor a equivocarme creo que también existe el mismo ente La Tebaida,  y solo hablando de mi pequeño departamento, y con la mayor ignorancia sobre la situación de ciudades intermedias o las grandes capitales colombianas.

Finalmente, a esos homosexuales que critican la marcha del orgullo gay por su contenido, esos que se rasgan sus vestiduras porque sale un travesti en paños menores, y que no se indignan cuando lo hace una modelo en televisión o una reina de belleza, los invito a que participen, demuestren que no todos andamos semidesnudos y gritamos “que perra mi amiga”, que hay homosexuales profesionales y que no todos somos parte de ese coro que entona canciones repetitivas hablando sobre la promiscuidad de nuestros confidentes.

Finalmente, como dice la frase: Sean el cambio que quieren ver en el mundo.

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