Un gay nunca marca tendencia: por qué todavía necesitamos referentes heterosexuales para vestirnos

Hasta que no llegó Beckham, no utilizamos cremas de manera masiva. Hasta que no ha aparecido Harry Styles, la fluidez de género en la vestimenta no se ha contemplado en el mainstream. Sin embargo, otros mucho antes que ellos ya hacían todo esto, pero pertenecían al colectivo LGBT+.

Fuente GQ.

El otro día, parado en un semáforo y parapetado tras la mascarilla y un paraguas a causa de un aguacero, escuché retazos de una conversación un tanto peculiar que se producía a mi lado: dos voces masculinas se entrelazaban mientras un teléfono relucía en sus caras. Un intercambio de opiniones estilísticas que uno de los protagonistas remató con un “sí, quiero llevar algo así, pero no tan gay, ¿sabes?”. Las dudas me asaltaron: ¿Qué significa “tan gay”? Como si las opciones para vestirse estuvieran divididas por orientaciones sexuales. De ser así, no habría espacio en las tiendas para cubrirlas todas. Siglo XXI y, aunque nos creamos que sí, en moda masculina no hemos avanzado nada. Resulta curioso pensarlo cuando hemos cerrado un 2020 con un Harry Styles –estilísticamente nada convencional– coronado como la persona más influyente en el mundo del trapo. Y no, esto no va a ser otro artículo sobre el cantante británico, pero sirve de perfecto hilo conductor.

Gesto que hace Styles, gesto que se comenta. Su mérito tiene. Con ayuda de otro Harry (Lambert, su estilista), ha creado una imagen diametralmente opuesta a su etapa en la banda One Direction. Un planteamiento lógico que otros muchos han seguido al abandonar una formación musical o buscar redefinir su carrera. Sin embargo, el inglés lo ha hecho desestabilizando de manera masiva los tabúes estéticos de la masculinidad: trajes ultracoloridos, siluetas pegadas sesenteras, transparencias, encajes, joyas, maquillaje… Todo ello mezclado con sus habituales camisetas, sudaderas, vaqueros y botines en sus días de descanso. Abrió el abanico de posibilidades de estilo, el mundo se rindió ante él y aplaudió su valentía. Una valentía digna de reconocer y que otros colegas han ejercido al mismo tiempo, aunque no con el mismo reconocimiento, y no por falta de méritos.

Basta con repasar las alfombras rojas recientes para encontrar precedentes a Styles. Billy Porter, protagonista de la serie Pose, combina trajes seventies y vestidos a placer –como el de la portada de Vogue del cantante–. Mención especial al esmoquin con falda que lució en los Oscars de 2019. La experimentación estética adquiere otro nivel en la piel de Ezra Miller. El tour de promoción de su película Animales fantásticos y dónde encontrarlos, en el que lo vimos con un vestido acolchado de Valentino para Moncler, supuso un antes y un después para su presencia escénica. Cody Fern, en cambio, es más amigo de los estampados de leopardo y las transparencias, como las que se plantó para los Globos de Oro –muy similares a las de Styles en la Gala del MET 2019–. Jonathan Van Ness, el gurú de los cuidados en Queer Eye, el reality de Netflix de cambio de imagen, no tiene reparo en combinar una barba perfectamente acicalada con crop tops, maquillaje o botas de tacón. Y si hablamos del rey contemporáneo de los trajes estampados, tenemos que remitirnos a RuPaul y su desinhibición a la hora de mezclar colores con descaro. Y todos estos elementos (vestuario, joyas, maquillaje, pelucas…) se unen sin fronteras en la imagen del multipremiado cantante Lil Nas X

Sin embargo, tener un currículo en el que se rotulan premios tras pisar las tablas de Broadway, formar parte de shows internacionalmente galardonados, participar en sagas taquilleras o tener las estanterías abarrotadas de trofeos por crear y presentar programas que visibilizan realidades silenciadas no es suficiente para trascender estéticamente, porque perteneces al colectivo LGBTIQA+ y aquello es un circo. Para desestabilizar los códigos tiene que llegar un chavalito británico declaradamente heterosexual para que los ríos de tinta corran en favor de la evolución de las masculinidades. Como si aquellos fueran menos hombres que este. Ojo, nada malo tiene Styles ni nada por lo que excusarse, y su osadía y empeño por abrir camino sobre lo que podemos vestir y lo que no son actitudes dignas de reconocer. El problema es de la norma no escrita en el imaginario colectivo. Siempre hemos necesitado un referente cis hetero blanco para refrendar una moda como válida. Sin ir más lejos y por poner un ejemplo, sucedió con David Beckham y su metrosexualidad a principios de siglo, cuando desembarcó en los galácticos madrileños. Las ventas de pendientes con brillantes y cosméticos para hombre se dispararon en los años siguientes. Quien se pusiera cremas antes de que llegara Beckham era un maricón. Quien se pusiera cremas antes de Beckham tenía que hacerlo a escondidas a riesgo de perder su hombría. Ahora, quien no lo hace es un despojo humano por negarse el cuidado.

Siglo XXI y en moda masculina no hemos avanzado nada. Es demasiado gay, dicen. Los vestidos y el maquillaje ya los llevaban las drags de los disturbios de Stonewall en 1969. En los 80, en plena expansión del SIDA, el cuero y los tejidos translucidos (o la falta de ellos) sirvieron como uniforme armamentístico en las marchas del orgullo para luchar con la estigmatización de un colectivo y una enfermedad. Aquellos looks mostraban cuerpos sanos y ultramusculados equiparándose físicamente a los de los hombres hetero que se creían innmunes a la enfermedad. Por no hablar de la explosión de color, un arcoíris que actúa como símbolo contra un mundo oscuro que pretende cortar a la multitud de hombres por el mismo patrón. Sin embargo, hoy los vestidos, el cuero, las transparencias, las joyas o el maquillaje comienzan a validarse porque figuras como Harry Styles (y no otras) los llevan. Y él sí es un macho

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